Lo que debería sorprender, sin duda, es que aún no se cayese en cuenta de que una amenaza es siempre no sólo la promesa de un hecho violento por venir sino que, además, es ella misma un acto de violencia patente, real, concreta. La dinámica de la amenaza procura eliminar, en el mismo momento en el que se ejecuta, toda posibilidad de diálogo por la vía de la fuerza. Una amenaza es mucho más que una falta de respeto: una amenaza es la supresión automática de mi status de interlocutor. Uno no discute ideas con alguien que tiene un revolver en la mano. Quien procure dialogar con una amenaza, sólo tiene las opciones de hacerlo a gritos, o de hablar sin esperanza de una respuesta distinta a otro acto de violencia. Un diálogo de amenazas es un ring de boxeo en el que ninguno de los dos luchadores ha lanzado el primer golpe, pero en el que realmente ya no hace falta hacerlo.
Pero, además de eso, la amenaza siempre se cumple, de un modo u otro. Aquello de “perro que ladra no muerde” es, lamentablemente, sólo una esperanza. De hecho, el ladrido, en este caso, ya es una especie de mordida. Si bien es cierto que Hannah Arendt admitía –en su ya clásico libro sobre la violencia- que “el fin de la acción humana nunca puede predecirse con certeza”, tampoco es menos cierto que violencia es violencia, sea verbal o sea física, y que en la mayoría de los casos una termina en la otra, indefectiblemente. La historia, es triste, rebosa con ejemplos. El más abrumador de todos es, de seguro, el que cronológicamente nos es más próximo. Y sus intenciones –las del Tercer Reich- se anunciaron desde balcones, con un despliegue de fuerza propagandística que, hasta ahora –y a Dios gracias- no ha podido ser emulado, aunque en nuestro patio hemos visto buenos intentos. Quien lo dice, lo hace. Quien te dice que te va a dar con el garrote, eventualmente te va a dar.
Ahora bien, cuando el garrote no es otro que todo el aparataje de un Estado, la amenaza se dirige a prácticamente todos los ámbitos de la vida de la víctima. Más aún, cuando se intenta dar rango constitucional a una amenaza que viene rodando desde hace nueve años, se ve clara la mordida por venir. Nuestro caso es particularmente dramático, en tanto la actual majestad presidencial está acostumbrada a confundir un acto público cualquiera –como su programa de televisión- con una oportunidad para legislar. Y los aplaudidores que le rodean, por lo general obedecen. Al fin y al cabo, también desde La Hojilla se legisla, se imparten órdenes, se deciden estrategias. Es harto sabido ya el hecho de que una buena porción de las medidas a implantar por cualquier ente gubernamental emanan de los caprichos del mandatario que, dependiendo del ánimo del momento, dirige el timón bien a babor bien a estribor, sin mayores miramientos. Pero cuando el capricho implica confundir estudiantes con terroristas y el explícito llamado a los cuerpos de seguridad del Estado a reprimir, arrollar y aplastar a una sociedad que únicamente procura no perder los vestigios de estado de derecho que aún atesora, sucede lo que sucede: el garrote se hace patente, encarnado en bandas fanáticas y fanatizantes a las que no les tiembla el pulso a la hora de concretar a balazos, a pedradas, a botellazos, a punta de explosiones, las amenazas proferidas una y otra vez en la Avenida Bolívar, en la ONU, en la OPEP y en cuanto micrófono se le cruza por delante al Teniente Coronel. Las palabras cuestan vidas. Ya se lo dijo Zapatero: “las formas dan el ser a las cosas”. Probablemente sea hilar demasiado fino para un hombre que soluciona sus impasses por la vía de la descalificación, la anulación y cuanto argumento inatinente consiga. De seguro, más adelante, lo hará por la vía de la desaparición.
Pero, además de eso, la amenaza siempre se cumple, de un modo u otro. Aquello de “perro que ladra no muerde” es, lamentablemente, sólo una esperanza. De hecho, el ladrido, en este caso, ya es una especie de mordida. Si bien es cierto que Hannah Arendt admitía –en su ya clásico libro sobre la violencia- que “el fin de la acción humana nunca puede predecirse con certeza”, tampoco es menos cierto que violencia es violencia, sea verbal o sea física, y que en la mayoría de los casos una termina en la otra, indefectiblemente. La historia, es triste, rebosa con ejemplos. El más abrumador de todos es, de seguro, el que cronológicamente nos es más próximo. Y sus intenciones –las del Tercer Reich- se anunciaron desde balcones, con un despliegue de fuerza propagandística que, hasta ahora –y a Dios gracias- no ha podido ser emulado, aunque en nuestro patio hemos visto buenos intentos. Quien lo dice, lo hace. Quien te dice que te va a dar con el garrote, eventualmente te va a dar.
Ahora bien, cuando el garrote no es otro que todo el aparataje de un Estado, la amenaza se dirige a prácticamente todos los ámbitos de la vida de la víctima. Más aún, cuando se intenta dar rango constitucional a una amenaza que viene rodando desde hace nueve años, se ve clara la mordida por venir. Nuestro caso es particularmente dramático, en tanto la actual majestad presidencial está acostumbrada a confundir un acto público cualquiera –como su programa de televisión- con una oportunidad para legislar. Y los aplaudidores que le rodean, por lo general obedecen. Al fin y al cabo, también desde La Hojilla se legisla, se imparten órdenes, se deciden estrategias. Es harto sabido ya el hecho de que una buena porción de las medidas a implantar por cualquier ente gubernamental emanan de los caprichos del mandatario que, dependiendo del ánimo del momento, dirige el timón bien a babor bien a estribor, sin mayores miramientos. Pero cuando el capricho implica confundir estudiantes con terroristas y el explícito llamado a los cuerpos de seguridad del Estado a reprimir, arrollar y aplastar a una sociedad que únicamente procura no perder los vestigios de estado de derecho que aún atesora, sucede lo que sucede: el garrote se hace patente, encarnado en bandas fanáticas y fanatizantes a las que no les tiembla el pulso a la hora de concretar a balazos, a pedradas, a botellazos, a punta de explosiones, las amenazas proferidas una y otra vez en la Avenida Bolívar, en la ONU, en la OPEP y en cuanto micrófono se le cruza por delante al Teniente Coronel. Las palabras cuestan vidas. Ya se lo dijo Zapatero: “las formas dan el ser a las cosas”. Probablemente sea hilar demasiado fino para un hombre que soluciona sus impasses por la vía de la descalificación, la anulación y cuanto argumento inatinente consiga. De seguro, más adelante, lo hará por la vía de la desaparición.
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