viernes, 30 de noviembre de 2007

Dicho y hecho

Lo que debería sorprender, sin duda, es que aún no se cayese en cuenta de que una amenaza es siempre no sólo la promesa de un hecho violento por venir sino que, además, es ella misma un acto de violencia patente, real, concreta. La dinámica de la amenaza procura eliminar, en el mismo momento en el que se ejecuta, toda posibilidad de diálogo por la vía de la fuerza. Una amenaza es mucho más que una falta de respeto: una amenaza es la supresión automática de mi status de interlocutor. Uno no discute ideas con alguien que tiene un revolver en la mano. Quien procure dialogar con una amenaza, sólo tiene las opciones de hacerlo a gritos, o de hablar sin esperanza de una respuesta distinta a otro acto de violencia. Un diálogo de amenazas es un ring de boxeo en el que ninguno de los dos luchadores ha lanzado el primer golpe, pero en el que realmente ya no hace falta hacerlo.

Pero, además de eso, la amenaza siempre se cumple, de un modo u otro. Aquello de “perro que ladra no muerde” es, lamentablemente, sólo una esperanza. De hecho, el ladrido, en este caso, ya es una especie de mordida. Si bien es cierto que Hannah Arendt admitía –en su ya clásico libro sobre la violencia- que “el fin de la acción humana nunca puede predecirse con certeza”, tampoco es menos cierto que violencia es violencia, sea verbal o sea física, y que en la mayoría de los casos una termina en la otra, indefectiblemente. La historia, es triste, rebosa con ejemplos. El más abrumador de todos es, de seguro, el que cronológicamente nos es más próximo. Y sus intenciones –las del Tercer Reich- se anunciaron desde balcones, con un despliegue de fuerza propagandística que, hasta ahora –y a Dios gracias- no ha podido ser emulado, aunque en nuestro patio hemos visto buenos intentos. Quien lo dice, lo hace. Quien te dice que te va a dar con el garrote, eventualmente te va a dar.

Ahora bien, cuando el garrote no es otro que todo el aparataje de un Estado, la amenaza se dirige a prácticamente todos los ámbitos de la vida de la víctima. Más aún, cuando se intenta dar rango constitucional a una amenaza que viene rodando desde hace nueve años, se ve clara la mordida por venir. Nuestro caso es particularmente dramático, en tanto la actual majestad presidencial está acostumbrada a confundir un acto público cualquiera –como su programa de televisión- con una oportunidad para legislar. Y los aplaudidores que le rodean, por lo general obedecen. Al fin y al cabo, también desde La Hojilla se legisla, se imparten órdenes, se deciden estrategias. Es harto sabido ya el hecho de que una buena porción de las medidas a implantar por cualquier ente gubernamental emanan de los caprichos del mandatario que, dependiendo del ánimo del momento, dirige el timón bien a babor bien a estribor, sin mayores miramientos. Pero cuando el capricho implica confundir estudiantes con terroristas y el explícito llamado a los cuerpos de seguridad del Estado a reprimir, arrollar y aplastar a una sociedad que únicamente procura no perder los vestigios de estado de derecho que aún atesora, sucede lo que sucede: el garrote se hace patente, encarnado en bandas fanáticas y fanatizantes a las que no les tiembla el pulso a la hora de concretar a balazos, a pedradas, a botellazos, a punta de explosiones, las amenazas proferidas una y otra vez en la Avenida Bolívar, en la ONU, en la OPEP y en cuanto micrófono se le cruza por delante al Teniente Coronel. Las palabras cuestan vidas. Ya se lo dijo Zapatero: “las formas dan el ser a las cosas”. Probablemente sea hilar demasiado fino para un hombre que soluciona sus impasses por la vía de la descalificación, la anulación y cuanto argumento inatinente consiga. De seguro, más adelante, lo hará por la vía de la desaparición.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Opositor por Principios

Vivimos tiempos en Venezuela en los que reina lo práctico y lo inmediatista. En un país donde el día a día gobierna no sólo el sustento sino la política, es bueno hacer un espacio para pensar cuales son los problemas fundamentales con el gobierno de turno. Seguido comparto cuatro puntos que me separan por principio de Chavéz y su gobierno. La lista seguramente no es exhaustiva, e invito a los lectores a que agreguen su opinión en los comentarios.

1) Prioridades:

Este gobierno no tienes sus prioridades alineadas con las del pueblo venezolano. Tomemos una: la inseguridad. Venezuela es un país en guerra civil contra el hampa. Entre 1998 y 2005, los homicidios aumentaron en 128%, los secuestros en 426%, las ejecuciones y ajusticiamientos en 253% a nivel nacional y 791% en el Área Metropolitana. Tenemos 44 homicidios diarios, uno cada media hora. Caracas es la segunda capital con más homicidios en el continente. Y mientras esto sucede en las calles de nuestra nación, Chávez lucha una guerra Quijotesca contra los molinos imperialistas que traman y promueven su magnicidio. A casi 10 años de este gobierno, aun esperamos escuchar el primero de esos discursos eternos dedicado al problema de la seguridad. De entre la miríada de misiones, aún falta por asomarse la primera misión que enfrente al crimen. No hay misiones contra el hampa; tanto menos instituciones formales preocupadas por atender el problema. En el fondo, lo que opera en la lógica gobiérnera es una idolatría a la abstracción del Estado y un desdén por lo humano concreto. El respeto por la vida humana es un valor fundamental, anterior sin duda a las etiquetas ideológicas y a las cuestiones partidistas.

2) Lo fundamental en el servicio público:

Mucha tela se ha cortado sobre las desacertadas políticas públicas del régimen de turno. No hace falta ser un experto en ciencias sociales para entender que este gobierno divide, empobrece y socava al venezolano como individuo y a la familia como núcleo social. En particular, las políticas económicas son de un sempiterno desfile de ineficiencias montadas sobre medias verdades, malos entendidos y una agudísima miopía histórica. Con todo, hay una virtud que prela sobre cualquier destreza técnica e incluso sobre prudencia política; a saber, la honestidad. Ser honesto es probablemente la virtud central que un hombre debe exhibir para ejercer cargos de servicio público, muy especialmente si estos son de elección popular. El primer problema político con este gobierno, antes incluso de las ambiciones de elección indefinida, es que es un gobierno deshonesto. Roban a diestra y siniestra, a la luz pública y con echonería. El mismísimo Chávez ha pegado algunos gritos pidiendo orden en la pea. Y sin embargo, aquí el desorden en el manejo del erario público es de antología. Las cifras no mienten: según Transparencia Internacional, Venezuela era el país 130 más corrupto de una lista de 159 en el 2005. Según el banco mundial, más del 80% de los países del mundo entero tienen un mejor control sobre la corrupción que Venezuela.
Lo fundamental aquí, lo que todos debemos entender, es que venga de izquierda o de derecha, sea cual sea en tinte político, es inadmisible que un servidor público sea corrupto. Antes de soñar con ciertas políticas públicas, antes de rezarle al mercado o maldecirlo, asegurémonos que el dinero que es de todos, el que sale del petróleo que es de todos, y de los impuestos que todo pagamos, no nos lo roben. La honestidad es un principio de convivencia, que impera ciertamente en las democracias, pero que también es indispensable en tanto las monarquías como en los gobiernos tribales. Mucho antes de Marx y de Smith, debemos asegurarnos que la gente que nos gobierne respete lo que no es suyo.


3) La palabra y lo político:
No olvido una promesa de la primera campaña electoral de Chávez. Entonces nos aseguraba que iba a “freír en aceite la cabeza de los Adecos”. Muchos se esperanzaron pensando que finalmente aquellos que hasta entonces nos habían desfalcado y timado iban a tener que rendir cuentas. Muchos otros, con razón, se angustiaron frente a la violencia de esas palabras.
Con todo, aun se escuchan desde ambos bandos voces que desestiman el verbo incendiado, y aseguran que no son más que cuestiones de estilo o pura charlatanería, dependiendo del bando desde donde se piensen estas cosas. La verdad es que las palabras son efectivas. La palabra violenta es violencia en sí, tan efectiva muchas veces si no más efectiva que la violencia física real. Desde balcones y a punta de aullidos hipnóticos se han hecho arengas que terminaron en millones de muertos. En la intimidad de nuestras relaciones personales vivimos la violencia real de una palabra fuera de lugar, de una subida de tono. El asunto no es cuestión de estilo. Aquí no vale decir “yo soy así”. Nadie tiene derecho en sociedad a decir “yo soy así, violento”. La palabra violenta de Chávez ha dislocado familias, cercenados los caminos de entendimiento nacional y enturbiado las relaciones de Venezuela con el resto del mundo. La palabra prudente y acertada no es un lujo diplomático, sino el principio sobre el cual se empieza a construir la convivencia en sociedad. Con ese verbo violento se habla el hombre que es lobo del hombre. El hombre que es amigo y socio del hombre escucha primero para luego buscar siempre la palabra que abre espacio y que rescata las posibilidades de entendimiento.

4) La sencillez de espíritu:

No deja de asombrar el contraste entre el Chávez delgado trajeado con liqui-liqui con el de ahora, de trajes y relojes de miles de dólares. Este asunto pareciera anecdótico pero en realidad es central no solo para un socialista sino para cualquier hombre. Es en efecto un tema aparte a de la honestidad. Tiene que ver con el temperamento de un hombre que viaja por el mundo a representar una nación empobrecida, azotada por la corrupción y por el crimen vistiendo como una estrella de cine y pavoneando su corbata roja de colección.
¿Cómo hace uno para leer las estadísticas de pobreza, crimen, mal nutrición, déficit habitacional, deserción escolar, etc y saber que cada bolívar que paga los trajes y los relojes finos son bolívares que no van a atender esos problemas? Cómo se le pide a los venezolanos que cedan sus propiedades por el bien de la patria socialista vistiendo esos trajes y esos relojes, montado por meses y meses en un avión privado pagado con nuestros impuestos?
El asunto al que quisiera llamar la atención aquí es que el poder corrompe. El poder es una tentación hasta para los hombres más nobles y elevados. Ante los frutos del poder han caído hombres de fe y de fuertes principios. Cuanto más cierto será para los hombres pequeños, mezquinos y ególatras. En una nación donde la mitad del país es pobre, gastarse el dinero del pueblo en trajes y relojes es un acto de marcada mezquindad.


Antes de terminar, una advertencia: que nadie me vengan con el cuento de que “todos los políticos son así”. No podemos dejar que la complicidad y la complacencia le den permiso al caos y a la injusticia. Este país es nuestra casa. Este país es nuestro hospital y la escuela de nuestros hijos. Este país es nuestro negocio y nuestro sustento. No piense nadie ni por un momento que se puede cuidar lo privado a costa de lo público. Esa es una actitud infantil. Más temprano que tarde el hambre, el crimen y la deshonestidad pasan de la calle a la casa. A Venezuela le toca madurar. Ya es hora.